A mí me gusta hacer reír a la gente. Prefiero eso a hacerla llorar." La declaración vale doble. Porque es cierto que se refiere a su preferencia por la comedia, pero también los es que Woody Harrelson mantiene esa vocación por divertir fuera de cámara.
Será también que en el lugar elegido para la entrevista, que se parece bastante a su paraíso personal, le sienta bien. Es que el paisaje de playa de Cancún, su temperatura y la hospitalidad de su gente son muy similares a los de Costa Rica, donde tiene su hogar el actor que dejó su impronta en El escándalo de Larry Flynt, Asesinos por naturaleza, Mentiras que matan y Siete almas.
"La decisión de radicarnos allí la tomamos con mi familia hace bastante tiempo. Hubo un momento en el que empecé a sentir que la gente a mi alrededor estaba loca, que me sentía raro, y que no podía seguir compartiendo un ambiente en el que todo es ilusorio", explica.
Tres hijas, una esposa, una niñera, una perra y dos gatas. Harrelson se ríe, y describe su vida "hermosa y simple": "Estoy rodeado de mujeres, nunca uso zapatos, desayuno debajo de un árbol, usamos energía solar y tenemos una huerta con las frutas que te puedas imaginar, además de algunos vegetales. Trato de mantener mi vida dentro de ese estilo. Lejos de la codicia."
Para el actor, lo ilusorio pasa por la posibilidad que le ofrece su profesión de escapar de la realidad por un rato. Un viaje que lo transportó en los últimos tiempos del rol de gurú radiofónico que asume en 2012 al papel de mata zombies que juega en Tierra de zombies, el filme del debutante Ruben Fleischer que se estrena en la Argentina el jueves, en el que los muertos vivos van por su vida.
Harrelson destaca que, en ambos casos, gozó de un amplio margen de libertad para trabajar sus papeles. En 2012, señala, Roland Emmerich le dio algunas pautas, pero cuenta que su aspecto, su modo de predicar, salieron en gran medida de su imaginación. En Tierra de zombies, en cambio, el aporte personal estuvo más vinculado con la improvisación, a medida de que se iban rodando las escenas.
El actor reconoce sin complejos haber llegado a sus 48 años sin haber reparado en la cinematografía zombie ("No veo películas de zombies, me dan miedo", dice disimulando una carcajada). Ni desconoce la desconfianza con que se enfrentó al proyecto. Sin embargo, cuenta que enseguida compró la idea. "Hay un juego entre el género de terror y la comedia que plantea un desafío atractivo para el actor", dice Harrelson.
"Esto ya no es más Norteamérica. Esto es Zombieland", anuncia, en off, Columbus (Jesse Eisemberg), uno de los pocos no zombies que quedan en los Estados Unidos. En breve se encontrará con Tallahassee (Harrelson), y poco después los dos se unirán a las hermanas Wichita (Emma Stone) y Little Rock (Abigail Breslin). La consigna: sobrevivir a los zombies.
Armas de fuego de todo tipo, un bate de béisbol, un banjo, la puerta de una camioneta. A lo largo de la película, Tallahassee multiplica los recursos para matar (valga la redundancia) a los muertos vivos, residuo del final de los tiempos. "Yo no hice muchas películas de acción, así que esta posibilidad, en algún punto, me sirvió para hacer catarsis", dice. "Creo, de todos modos, que mi manera ideal de matar un zombie sería tirándole un frisbee para cortarle la cabeza", bromea, y aclara: "En la película no pasa".
Es cierto que Tierra de zombies y 2012 abordan la cuestión de algún tipo de fin de los tiempos desde la comedia o la ciencia ficción. Sin embargo, para Harrelson el eje argumental de ambos filmes le sirve como disparador de planteos que tienen una conexión directa con el día a día. "A mi entender, esta película de zombies refleja de forma cabal lo que fue el gobierno de los Estados Unidos durante los últimos años", ironiza.
"En 2012 se parte de especulaciones en torno a una profecía maya, y en Tierra de zombies a partir de alguna catástrofe que no se define bien con claridad. Pero lo cierto, y esto no es una especulación, es que estamos frente a un problema serio en cuanto al daño que se le está haciendo al mundo", advierte el actor, nacido en texas y que pasó buena parte de su niñez y adolescencia en el Líbano.
Reconocido militante en defensa del cuidado ecológico, Harrelson lleva entonces la conversación al terreno de a la política. "Hace mucho tiempo que se habla del calentamiento global, pero lo cierto es que el ritmo al que las industrias siguen envenenando el medio ambiente no decae, sino que aumenta", denuncia.
¿El cambio de gobierno no modificó la mirada sobre el tema?
En principio Barack Obama abre una expectativa. Creo que es un hombre íntegro y da señales de que tiene alma, dos cosas que jamás vi en George W. Bush. Pero por ahora no veo que algo esté cambiando. De todos modos, tengo la esperanza de que él sea el hombre. Necesitamos que sea así.
Emmerich contó que en "2012" trató de decir que ante una catástrofe es más útil salvar a los seres queridos, a la gente, antes que ponerse a rezar. En su caso, ¿qué lugar le asigna a Dios o a la religión en este tema?
Mi relación con la religión y con Dios ha sido cambiante. De chico era muy cristiano. De hecho, en algún momento pensé en convertirme en pastor. Pero la idea de que es la religión de uno la que conoce y garantiza el camino a Dios, y que las otras no, me provocó rechazo. Pero haber leído la biografía del yogui Paramahansa Yogananda, haber descubierto otra mirada, más integradora, hizo que volviera a creer. En todo caso, creo que Dios es la Naturaleza. Sin embargo, en lo que respecta al cuidado del medio ambiente, la decisión pasa por los políticos. Y no veo señales alentadoras en ese sentido.
¿Desde esa perspectiva, se le ocurre pensar en la posibilidad de un día final?
Puede que sea cierto que haya un día en el que todo se termine. Pero creo que si es así, depende exclusivamente de lo que nosotros hagamos. Hay ratos en los que soy optimista. Pero en el fondo soy un cínico, porque tengo claro que nadie habla de parar esta máquina de destrucción. Además, el tema no es si el mundo va a desaparecer o no. El planeta puede seguir, pero la cuestión es si vamos a sobrevivir nosotros, como especie humana.

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